¡Ah, el intrigante baile entre la madre y el alcohol!

En el ferviente escenario de un clásico de fútbol, mi esposa y yo fuimos invitados. Nos encontrábamos entre almas efervescentes buscando un motivo para unirse ese día; ¿qué puede unir a las masas con tanta ilusión y dolor al mismo tiempo? …Los enfrentamientos deportivos.

Siempre me he preguntado, al llegar a un lugar nuevo: ¿Qué nos conecta con este lugar más allá del entretenimiento y la camaradería? La sala, con una pantalla gigante exclusiva para clientes que compraban licor en esa cava, ofrecía un lujo particular. Los clientes premium se podían dar el lujo de estar ahí, rodeados de estantes llenos de licor, como estanterías de artículos costosos en un lugar de antigüedades.

En medio del fervor del encuentro y el sonido de las conversaciones, las historias de cada persona se entrelazaban con el ambiente festivo. Había un vínculo más profundo que los goles o las faltas pitadas por el árbitro que impulsaban a Mateo gritarle a la pantalla “Arbitro Hijueputa”.

Hace una década dejé de apoyar a un equipo en particular y ahora encuentro placer en el simple hecho de presenciar los partidos, aunque por razones diferentes. Sin embargo, ese día algo en particular me hizo reflexionar sobre mi pasión extraña por el fútbol. Entre desconocidos con camisetas iguales, descubrí que, aunque éramos diversos, algo más nos unía. Después de tantos pensamientos furtivos, encontré un atisbo: “la conexión entre madres e hijos.”

Era la búsqueda de alivio en la sombra materna que se esconde en lo profundo de nuestra mente. Así, entre risas, palabras en voz alta y brindis, continuamos con los insultos y los recalcitrantes impulsos de Mateo, el administrador del lugar que no me permitía distinguir si estaba al borde de un ataque cardíaco repentino o estaba reaccionando ante una decisión injusta del árbitro.

Esta sinfonía de emociones silenciadas, encarnadas en el fútbol, ese deporte que entrelaza amores y desamores se convierte en el pretexto perfecto para liberar las emociones sepultadas en lo más profundo de nuestro ser. Si teníamos alguna emoción pendiente con el jefe, la pareja o el gobierno, ahí era la oportunidad para gritársela a los jugadores oponentes. Gritos que, de alguna manera, nos conectan con desconocidos en una sinfonía emocional; Aunque no conozcamos sus historias, compartimos la experiencia de lanzar un grito a la vida: ¡Aquí estoy! ¿Me ves? En este estadio etílico del alma, cada brindis se transforma en un eco del grito contenido, una liberación de la expresión reprimida.

El lugar siempre será perfecto, una cava, un bar, la sala de casa, una esquina del barrio o incluso el portero de la unidad compartiendo la transmisión por su celular. Entre el rugir del público y el tintineo de copas, el alcohol se convierte en un bálsamo para las almas sedientas de consuelo. Las botellas de vino, testigos silenciosos de secretos profundos, presencian confesiones y lágrimas disfrazadas de risas. Pero tras cada sorbo, se esconde un fascinante baile entre la maternidad y el brebaje lactante.

En este “timbaleo” de reclamos profundos a los referentes, cuidadores o padres, sale a vista una danza de apegos no resueltos, el alcohol emerge como el confidente de aquellos que buscan en la bebida una respuesta a la desconexión profunda con la figura materna. Un intento torpe de hallar apoyo para llenar el vacío interior causado por carencias emocionales. La botella, como refugio efímero, se transforma en el abrazo momentáneo que nunca recibimos o no volvimos a recibir.

Esta tragedia personal se manifiesta como una codependencia, una danza donde nos aferramos al alcohol como un niño lo haría con su madre ausente. En este acto, la tragedia personal se revela como una búsqueda torpe de atención, un deseo de ser amados, aunque sea a través del sufrimiento. Entre risas compartidas y secretos embriagadores, se entrelaza la trama de una historia marcada por la necesidad de reconocimiento maternal.

…Aquí surge mi pregunta: ¿Quizás no he resuelto los pendientes con mamá?

En este cautivador ballet etílico, la información sobre el alcoholismo y el deseo oculto de sentir el amor materno agrega una dimensión más profunda. Detrás de las adicciones yace el conflicto no resuelto con mamá; El alcoholismo se desvela como una herida trascendental, una senda de evasión de la realidad dolorosa, un intento desacertado de una paz temporal.

El gesto de «beber» o chupar la teta de mamá se convierte en un acto que emula la succión de un bebé al amamantar, un deleite clandestino que anhela estar «unido a mamá». El alcohol, con sus abundantes cantidades de azúcar, transmite el deseo de saborear la dulzura materna. Pero, lo más esencial, es que se puede sanar. A través de una introspección personal y profunda, es factible reconectar con la dicha de vivir, perdonarse y absolver las carencias experimentadas desde la infancia.

“Antes de concluir, me gustaría compartir un texto de un autor desconocido que encuentro profundamente inspirador y revelador…»

«El Alcoholismo y el Deseo Oculto de Caer en los Brazos de Mamá”

Tras las adicciones se esconde invariablemente un conflicto no resuelto con mamá. De esta relación insana emerge una fuerte desvalorización interna, resultado de sobreprotecciones, rechazos explícitos o implícitos, humillaciones y control.

Con frecuencia, repetimos en la adultez los mismos patrones que en la infancia nos causaron tanto dolor. Las heridas emocionales, si no se resuelven, se transmiten de una generación a otra. El alcoholismo, en particular, se convierte en una herida profunda que va más allá del placer o la diversión; es un intento de escapar del vacío interior causado por carencias emocionales.

La infelicidad interna, la falta de herramientas para superar la adicción, genera la codependencia. La estimulación de neurotransmisores placenteros, como la dopamina, serotonina y endorfinas, se convierte en una búsqueda equivocada de atención y amor maternal.

Aunque podemos generar estos neurotransmisores naturalmente, las adicciones buscan sobreestimularlos mediante sustancias que terminan por destruir nuestras vidas. Un cambio de vida, amor propio, metas y proyectos nuevos, así como sentirnos amados y apoyados, son claves para superar este estado de abandono.

Las adicciones buscan evadir el presente, ya que el sufrimiento interior es abrumador. En gran medida, estas adicciones se originan en conflictos no resueltos con nuestra madre, una manera torcida de pedir ayuda. El alcoholismo refleja el rechazo hacia uno mismo, una sensación de desvalorización que nos mantiene en un estado infantil. La falta de confianza en uno mismo y la incapacidad para asumir responsabilidades provienen de la carencia de afecto materno.

A menudo, las personas alcohólicas fueron hijos no deseados, y aunque luego sean queridos, guardan en su inconsciente la emoción de no ser amados verdaderamente. Buscan hacerse daño para retar a sus padres a que los amen.

Es crucial comprender que el gesto de beber refleja el deseo oculto de pegarse a mamá, recordando el placer de amamantar. Lo más importante es que la sanación es posible mediante un trabajo personal y profundo, reconectando con la alegría de vivir, perdonándose y perdonando las carencias de la infancia. No existen personas malas, solo personas que sufren.

Reconocer nuestro dolor, liberarlo y verlo desde una nueva perspectiva, sin dolor ni trauma, nos permite abordarlo de manera diferente y dar paso a la sanación.

By Víctor Henao