"Mi vida es una historia en constante evolución, forjada por experiencias y desafíos. Mi narrativa es la base para inspirar a otros a embarcarse en su propio viaje de autodescubrimiento y transformación.”

Hace 48 años, el destino tenía sus propios planes. Mi madre pasó dos semanas sola en el hospital, aguardando con paciencia mi llegada, mientras mi progenitor estaba ajeno a mi existencia; no se enteró hasta que cumplí 5 años. Parecía que yo no deseaba regresar a esta dimensión, o tal vez, el universo y yo acordamos esperar para que mi nacimiento aconteciera el día perfecto: el 4 de diciembre.

Mi infancia estuvo marcada por la fragilidad. A los dos años, después de innumerables luchas con problemas de salud, mi abuelo materno le susurró a mi madre: 'Hija, déjalo morir, no permitas más sufrimiento'.

Mi niñez estuvo marcada por la timidez y una fuerte dependencia a mi madre. Los profesores sugirieron terapia de lenguaje, y años después descubrí que mi diagnostico era: dislexia, disfemia (tartamudez), déficit de atención y otros trastornitos.

A esta fecha, ya había superado la varicela, la anemia y una apendicitis inoportuna, pero la verdadera batalla se libraba en la escuela, donde el bullying se convirtió en una parte oscura de mi rutina. Mi tez pálida y extrema delgadez me volvían blanco de miradas críticas. La dependencia asfixiante al abrigo materno era un peso constante; sin embargo, sólo en la edad adulta, estas experiencias comenzaron a desvelar un valioso atisbo de lucidez.

El miedo al castigo divino me mantenía fiel a la iglesia católica todos los domingos por la mañana. Mi autoestima, sin embargo, estaba en picada debido al acné, lo que hacía que enfrentar la escuela se sintiera como un paseo por el infierno. Pero, en medio de ese tormento, encontré refugio en el volleyball, un amor que abracé con pasión y que se convirtió en mi salvación.
A mis 15 años, llegó mi hermano al mundo, convirtiendo a mi mamá en una cuarentona orgullosa que desafiaba todas las expectativas, y lo celebré con un sarampión de mi parte; y para culminar, conocí la masturbación, convirtiéndose en mi amante fiel y secreta, una pasión que me seguiría durante mucho tiempo.

El acné, como un artista callejero despiadado, dejó tatuajes permanentes en mi angelical rostro. Pero nada de eso me impidió despedirme del colegio con una sonrisa, entregando el tan ansiado diploma a su verdadera dueña: mi mamá, quien lo enmarcó como si fuera una reliquia nacional. Además, me uní al emocionante "cristianismo", donde el precio de la aceptación era dominar el arte de cantar en las congregaciones. Aunque lo que realmente valía la pena eran los lazos de amistad que forjé y, por supuesto, las chicas que cantaban con fervor. Destiné un dinero ganado a pulso en una bicicleta, una inversión que habría sido excelente si no me hubieran estafado. Luego, canjeé mi bicicleta por algo que llenó de alegría mi corazón: un Nintendo, con Mario Bros a mi lado, me convertí en uno de los hombres más felices de este universo.

A pesar de mi firme inclinación por las artes plásticas, encontré mi vocación en el campo de la publicidad. Mi primer trabajo formal llegó rápidamente, cortesía de mi mamá, que parecía dispuesta a no permitirme rascarme mucho las gónadas después de terminar la etapa del colegio. Mi primer entorno laboral era con temperaturas extremas fabricando radiadores para carros. Tener que trabajar para financiar mis estudios me empujó a tomar una decisión audaz: dejar el nido y aventurarme en la independencia. Costear mis necesidades me llevó a una encrucijada nocturna, escogiendo entre "cenar hoy o invertir ese dinero en el transporte para ir al trabajo mañana".
En medio de esta locura, decidí poner en práctica mis conocimientos en diseño junto a mi compañera de profesión, quien más tarde se convirtió en la madre de mi único hijo. Juntos, empezamos a tejer el futuro a través de creaciones innovadoras.

Gabriel llegó a nuestras vidas sin previo aviso, y de repente me encontré sumergido en la emocionante aventura de la paternidad. Siguiendo el instinto de crecimiento laboral que caracteriza a los hombres de familia, decidimos elevar el estatus de nuestra modesta oficina de diseño y convertirla en una agencia de publicidad; Sin embargo, en el camino hacia el éxito, se nos ocurrió la mala idea de llevar la agencia a nuestro hogar. A partir de entonces, cualquier día de la semana podía convertirse en un confuso híbrido entre la oficina y el espacio familiar. A pesar de las inevitables mezclas, tuvimos la suerte de trabajar con gigantes de la publicidad como Johnson & Johnson, Pfizer y otros líderes del mercado. Aunque los logros profesionales no siempre se reflejaban directamente en nuestros bolsillos, mi vida se convirtió en una perpetua semana laboral de siete días. ¡Las cuentas por pagar se volvieron un pasatiempo favorito! Sumado a lo asfixiante que puede ser para una pareja verse en el trabajo, en la cama y en los sueños.

La tragedia golpeó como una novela de bajo presupuesto. El duelo es la muerte simbólica de una persona relevante en tu vida, así fue, la madre de Gabriel y yo, nos separamos. Decidimos hacer una pausa en nuestro tango disfuncional, y cada uno tomó un camino diferente. Yo, en un acto de madurez exquisita, volví a casa de mi madre. ¡Ahhh, la teta de mi mamá!
Decidí que necesitaba un símbolo de virilidad, así que compré mi primer carro, un coupe deportivo que gritaba, "¡Soy un adolescente eterno y lo tengo todo bajo control!" Y con la respetable edad de 33 años, me sumergí en la época de Melrose Place.

Nunca imaginé que terminaría siendo profesor, pero allí estaba, dando clases sobre publicidad y diseño. Aunque debo admitir que, al principio, lo que realmente intentaba era validar el respeto de un grupo de personas hacia mí.
Mis verificaciones transgeneracionales llegaron de forma tan perfecta y exacta que, si mi pareja del momento hubiera tenido una mayor comprensión de la situación, habría salido corriendo en la dirección opuesta. Llegaron personas clave en mi vida, como si fueran parte de un llamado divino a repetir la tarea pendiente cuantas veces sea necesario.
…Y luego, por supuesto, están esos matices más oscuros de la existencia: el momento oscuro del alma, el suicidio, el existencialismo, ¡ahh Jodorowsky! También Bukowski, Jung, Poe, Levy, Anne Ancelin, la numerología, la Kabbala, el eneagrama, el inconsciente, el transgeneracional. ¡Oh, qué grandiosa época por lo que me leo!.

La pandemia irrumpió como una especie de terapia de shock, aunque realmente fue un método de depuración de almas. Fue entonces cuando llegué a la reveladora conclusión de que mi madre no era solo una progenitora, ¡sino una extensión viva de mi cerebro! Decidí descartar la idea de la lobotomía y, en cambio, me embarqué en la autoadministración diaria de dosis intensivas de amor propio.
Mientras me sumergía en una profunda revisión de mi árbol genealógico, me di cuenta de que había tenido sexo carnal y frenético con algunos integrantes de mi familia, bueno; para que sea menos escandaloso “compartí momentos íntimos con algunos antepasados y algunos en su mayoría ni siquiera llegué a conocer”, me comprenderás si vas a mis conferencias; publicidad de expectativa.

En medio de tanta introspección, apareció Carolina, mi cómplice en este viaje, lista para profundizar en los misterios del horror y convertirlos en una novela con un final sorprendentemente consciente.
Ahora, gracias a la sabiduría dejada por tantos seres amorosos, me siento feliz. Puedo dirigirme a mi otro yo con una sonrisa tranquilizadora y decirle: "No estás loco o loca". Existe una gran posibilidad de que provengas de una familia disfuncional, aunque esa neurosis no te pertenezca verdaderamente. Sin embargo, es tu responsabilidad ocuparte de ella. Así que me aventuro hacia la hermosa oscuridad, listo para saborear la luz.
En este viaje hacia el autodescubrimiento, cada paso que damos crea un nuevo sendero para sanar nuestra historia. Sabemos que solos puede ser más difícil, pero juntos se vuelve más llevadero. ¿Tienes preguntas, aportes o sugerencias? Con amor, esperamos tu mensaje.
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